viernes, 15 de enero de 2010

Experiencia en 3D


Por: Sussan Bolaños.

Nunca fui muy aficionada al cine, pero he de confesar que hace un par de años un chico despertó en mi, entre otras cosas, la sed de ver películas, y desde entonces no me pierdo la oportunidad de ir cada buen estreno que aparezca en cartelera.

Avatar, no me sonaba mucho, en realidad no había prestado mucha atención acerca de que se trataba, pero inesperadamente surgió una invitación al cine, a la nueva sala IMAX, en Escazú, ese cine donde cobran por ver una película, lo que en otro cine cobran por ver dos o hasta tres si fuera miércoles, así que estando aun de vacaciones y sin mucho que hacer, acepte gustosa.

Me ofrecí para comprar las entradas y hacer la fila -claro, con algo debía devolver aquella invitación tan generosa-, pero por esas cuestiones de la vida y por lo que muchos llaman “la ley de Murphy”, llegue tardísimo al cine, mi teléfono no dejaba de sonar, y los mensajes de texto solo preguntaban que donde estaba.

Cuando llegue, casi entro en pánico, la fila era inmensa, había cientos de personas para entrar al mismo sitio y fue cuando realmente empecé a preocuparme, era evidente que le había fallado a mi acompañante con la promesa de escoger los “mejores asientos” y poder ver la película como Dios manda.

La fila empezó a avanzar y la gente no paraba de entrar, cuando llegue a la puerta me dieron unos lentes oscuros especiales para ver en tercera dimensión, y ahí empezó la verdadera batalla, encontrar dos campos juntos parecía peor que comprar un regalo de navidad un 24 de diciembre a las seis de la tarde.

Pasé un par de minutos caminando prácticamente en tinieblas, me había tropezado unas diez veces y preguntaba desesperadamente por todas las filas: ¿está ocupado?, cuando al fin me abalance sobre los únicos dos campos juntos que encontré, nadie se los peleaba mucho, debe haber sido porque se encontraban en la segunda fila del cine. Estaba decepcionada y completamente apenada con mi acompañante quien llego a los pocos minutos y me hizo cara de que me quería sacar los ojos, pero por suerte se comportó como todo un caballero, me saludo y no dijo nada.

La inmensa pantalla estaba como a unos tres o cuatro metros, pero al ponerme los simpáticos lentecitos parecía que me la iba a comer, tenia las letras de los subtítulos en las narices y la sensación de que los actores de la película caminaban, respiraban y sudaban encima de mi cara.

Después de tres horas de mareos, con sensación de que me caía en los precipicios de las escenas, la película terminó.

A pesar de todo, la experiencia fue casi mágica y ha sido una de las más lindas películas que he visto en los últimos años, con la excepción de que para redimirme prometí a mi acompañante invitarlo a ver la misma película, pero en los asientos perfectos y esta vez… ¡¡¡pago yo!!!

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